poesía

La niña encerrada

Era muy pequeñita.
Me dejaron posada
en un mundo muy grande.
Quedé quieta en el suelo
y figuras enormes
me estaban rodeando.
Yo subía los brazos,
buscaba su contorno.
La mujer de ceniza
que nunca apareció.
Cuando tomé conciencia
de que nunca vendría,
al fin, cuando los ojos
se me quedaron secos,
me sacudí el vestido
y me limpie los mocos.
Miré de frente.
Y eché a andar.
Desde ese día conservo
la mirada distante,
el pecho endurecido,
la cabeza ordenada.
Metí mi corazón
de niña vulnerable
en una urna de mármol,
dura y fría.
Y en su sitio introduje
un reloj sumergible,
a prueba de pruebas.
Exacto.
Trigonométrico.
Con una enciclopedia de instrucciones
donde se indican
claramente
los pasos a seguir.
Para ser perfecta.
Para estar a salvo.
Hoy se ha roto mi tumba de mármol
porque mi niña,
dentro,
la golpea con sus solos nudillos.
Quiero ayudarla.
A veces no sé cómo.
Introduzco los dedos
a través de las grietas de la piedra.
Intento que se mueva.
Casi siempre me hace sangrar.
Y gotean de rabia,
de dolor,
las manos.
Y los ojos.
Y el corazón.

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